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Una pregunta para toda la vida

¿A qué he venido?

Preguntarme a qué he venido no significa que posea una respuesta completa. Significa que no quiero vivir de manera automática. Deseo comprender cuál es mi responsabilidad y qué sentido puedo dar al tiempo que se me ha concedido.

He venido a conocerme con sinceridad, a descubrir la presencia de Dios y a aprender a amar. He venido a desarrollar las cualidades que todavía necesitan crecer en mí: paciencia, comprensión, valentía, humildad y servicio.

Esta finalidad no exige abandonar la vida cotidiana. Se realiza en una conversación, en el trabajo bien hecho, en el cuidado del cuerpo, en el modo de afrontar una dificultad y en la ayuda ofrecida sin esperar reconocimiento.

Aprender a amar

Amar no consiste únicamente en sentir afecto. También significa escuchar, respetar la libertad de la otra persona, cumplir una responsabilidad y evitar causar daño. A veces exige acercarse; otras veces exige establecer un límite justo.

La vida espiritual pierde sentido si no mejora la relación con la persona que tengo delante. La oración y la meditación deben conducir a una conducta más consciente, no a una separación indiferente del mundo.

Crecer mediante la experiencia

Cada situación puede mostrarme algo de mí mismo. El éxito revela cómo utilizo aquello que recibo. La dificultad muestra mi paciencia y mi capacidad de pedir ayuda. El error me invita a reconocer, reparar y aprender.

No todo sufrimiento debe interpretarse como una lección enviada por Dios. Existe dolor causado por la enfermedad, la injusticia, la violencia o una circunstancia que requiere protección y ayuda profesional. La espiritualidad no debe utilizarse para culpabilizar a quien sufre ni para justificar aquello que puede corregirse.

Mi respuesta provisional

Hoy respondería así: he venido a conocerme, a buscar a Dios, a aprender a amar y a servir con los medios que tengo. Esta respuesta no cierra la pregunta. Me ofrece una dirección para vivirla cada día.